lunes, 26 de abril de 2010

Adiós



Lás lágrimas no dejan de deslizarse por mi rostro. Mi visión se empaña notablemente. Debo tener los ojos rojos, me arden bastante. He llorado durante toda la tarde. Luego de días mareada, vomitando cada media hora. Mi apetito empeoró. Seguro he enflaquecido. Me miró al espejo y veo más ojeras de las que tenía. Luego, estuve en la farmacia, tras un día de deliberación. Por suerte estoy en esta residencia. ¿Qué dirían papá y mamá?

-Necesito una prueba de embarazo- El dependiente me mira con una expresión que no sé qué contiene y no quiero saber. Me alcanza una pequeña caja y me retiro rápidamente. La distancia de regreso me parece enorme, por más que camine. Media hora después, estoy sentada en mi cama, y mi vista está nublada.

No puedo creer como dejé que las cosas llegaran a ésto. Al principio él era tan dulce, me llamaba cada día para saber si había llegado bien a casa, a veces venía con flores, o chocolates, y yo simplemente caí en sus encantos. Siempre me había sentido atraída por él, desde que éramos pequeños y por eso cuando... cuando él comenzó a empujar los límites de lo correcto en un noviazgo de menos de un mes yo simplemente lo dejé, y lo disfruté. Nunca antes había tenido relaciones, y supongo que pensé que nunca me pasaría ésto precisamente a mí...

Y no es que hubiera sido malo.. Tuve miedo en un principio... pero él me guió... No parecía nada horrible, además del dolor que sentí en determinado punto, y luego me dejé arrastrar. Y él y yo fuimos felices. Y me entregué a él con todo lo que tenía. Una y otra vez. Fueron dos meses muy cortos, o muy largos, no lo sé... No le he dicho aun, no sé cómo se lo tomará, y sinceramente creo que no irá muy bien. Voy al baño y seco mis lágrimas con abundante agua del grifo. Recostada sobre la cama, con la prueba de embarazo asida con fuerza en mi mano, me dejo llevar por el tiempo...

No sé cuánto tiempo estuve mirando al vacío, habrá sido un par de horas pues la falta de luz me volvió a la realidad. Un hijo... realmente nunca he querido ser mamá, yo sólo quiero ser una chica normal, tener preocupaciones reales, terminar el colegio y entrar a una buena universidad, a una carrera que me asegure el éxito. Tal vez convivir con alguien cuando comience a trabajar, tal vez quedarme en el departamento de soltera que compraré con mi esfuerzo hasta que sea tan vieja que no pueda vivir sola. Nunca me he visto atada a nada, a nadie. Pero ahora... Dicen que en los primeros embarazos las probabilidades de pérdida son altos, sobretodo a mi edad, no sería extraño que me pasara a mi también, ¿verdad?

Suelto el pequeño tubo, levantándome para darme una ducha y cambiarme de ropa. Me meto en la cama, arropándome hasta la cabeza, a pesar de que el frío no es tan intenso. Asi oculta, voy perdiendo la conciencia. Abro los ojos lentamente y me sacudo las sábanas, viendo la luz que atraviesa débilmente las persianas. El reloj me indica que son las 6:50. A pesar de no haber abierto los ojos en toda la noche, me parece que ha sido increíblemente larga.

Mi celular no tardará en sonar, debería ir al baño, a prepararme para ir a la escuela, pero no quiero. No me siento lista para enfrentar a tantas almas risueñas si la mía sólo quiere desaparecer. ¿Qué haré cuando lo vea? No sé cómo lograré controlarme cuando nuestras miradas se crucen, ¿debería decírselo? ¿debería alejarme, no hablarle, hacer como si no lo viera o pedirle un momento y simplemente mostrárselo?

Ya es mediodía, y estoy sentada en una cafetería cerca al colegio. Tomo el celular de mi bolso y marco. Ángela me contesta, hablo con ella, pidiéndole que venga a verme al salir, ella acepta al oírme a través del aparato, mi voz casi quebrada. 20 minutos después, nos encontramos tomando unos cafés, mientras le cuento. Ella sigue mis palabras atentamente, revolviendo su bebida mientras pasa el tiempo. Al finalizar asiente. En una hoja de su cuaderno, apunta una dirección y un teléfono, pasándomelos. Su propio dilema de hace solo unos pocos meses había llegado a su fin en ese sitio...

Sé lo que es, pero incluso eso me da miedo. Sé que es lo mejor, al menos eso creo, no puedo hacerme cargo de alguien, si nisiquiera soy capaz de mantenerme a mí misma. Soy apenas una niña, para ésto, soy una niña. Pagamos los cafés y ahora estamos columpiándonos en un parque. Ángela está pidiéndome cita en la clínica. Mañana a las tres y media... supongo que puedo acariciarte. Sólo ésta vez, sólo estarás conmigo hasta mañana...

Paso el resto del día con ella, en los columpios, caminando por la calle, mirando en los escaparates de los almacences, a los chicos guapos que pasan por la calle. Acaricio mi vientre. Regreso a casa, sólo tomándome un jugo, me preparo y me meto en la cama el resto del día, prendiendo la televisión y pasando los canales uno por uno, sin detenerme en ninguno especialmente. El ruido del televisor acompaña mi descenso en el sueño

Desperté pasadas las diez, algo ansiosa. Aún a veces me asaltan las dudas, pero ya es tarde para dar marcha atrás. Desayuné como de costumbre. Anoche dije a la dueña de la residencia que tenía hora con la doctora y que no iría a clases, de modo que no encontró extraño que no vistiera uniforme o que saliera tan tarde. No almorzaré, no sé como reaccionaré en aquella sala. Mientras paso el umbral de la puerta y la cierro, no puedo evitar pensar, no puedo evitar sentir... Perdóname. Perdón por lo que voy a hacerte, perdóname por no tener el valor de cuidar de ti.

Te equivocaste de madre, erraste tu camino...

Mis pasos me llevan, casi sin yo darme cuenta, hacia adelante. Tan sólo sigo caminando. Sentada en el bus, miro por la ventana, a la gente, o la calle, pasando velozmente ante mis ojos, el viento soplando en mi rostro. Finalmente, me bajo. Caminando un poco más, me encuentro frente a la puerta de la clínica, acercándome a ella. La recepcionista la abre, saludándome con una sonrisa. Me acerco más, colocando un pie en el umbral. Miro hacia atrás

Han pasado unos minutos ya y aún no soy capaz de traspasar el umbral, no sé a quién -o a qué- lo dirijo, pero sé que éste es el adiós...



Adiós




27 de Abril de 2010

Christian y Claudia.


martes, 20 de abril de 2010

Una pequeña historia de esperanza




Llevaba ya dos días sentado en la puerta de su casa. Dos días sin despegar la vista de la calle excepto para dormir, y es que la ausencia del pequeño Boo hacía estragos en su vida, ¿Cómo podría volver a reír sin sus patitas persiguiendo la lana que quitaba a mamá mientras tejía?, ¿cómo podría acurrucarse sin el calor del gatito acomodado en tu costado? La verdad es que se sentía profundamente solo sin él.

Recordaba en esos momentos cómo había llegado el pequeño gato hacia cerca de un año. Unos buenos ancianos, dueños de bastantes mascotas, tenían una gatita que había quedado preñada, y ellos no podían cuidar a la nueva camada, por lo que andaban buscandoles un hogar. Como eran conocidos de su madre, tras debatirlo (muy brevemente) sus padres habían aceptado, y en ese momento había nacido un nuevo integrante en la familia.

Aquél año estaba repleto de hermosos recuerdos. Cada día, al llegar de la escuela, Boo le esperaba en la puerta para jugar. Entonces Armando, si aún no era hora de su caricatura favorita, cogía un trozo de lana y lo movía rápidamente frente al felino, que intentaba cazarlo con sus aún pequeñas garritas o simplemente optaba por molestarlo con las manos, hasta que daban las 6 pm, hora en que ambos se acomodaban en el mullido sofá beige de la sala y veían la televisión. El niño acariciándo al animal, el animal ronroneando.

Hace un par de días, el niño había llegado de la escuela y no había encontrado al pequeño gatito por ninguna parte. Junto con su madre, y luego su padre, buscaron por todas partes, pero no lo habían encontrado. Corriendo a su cama, había roto en lágrimas, siendo consolado por mamá, tras lo cual se había sentado en la escalera del frente de su casa, apenas comido en aquel tiempo y dormido. Ahora estaba nuevamente allí sentado, viendo a todo tipo de gente pasar por la calle, solos, acompañados, con prisa, lentamente, distraídos, en bicicletas, en ruidosos carros, con sus mascotas... La calle, y la ciudad, era un lugar muy grande.... ¿Dónde estaría Boo?

El pequeño gato nunca había estado solo, ¿y si un auto lo había arrollado? Nuevamente un río de lágrimas corría por las mejillas del infante, y nuevamente su madre salió a sentarse a su lado, preocupada del estado de su niño. Lo abrazó con fuerza, acarició su espalda y revolvió su cabello.

-Amor, no te pongas así, ya verás que pronto volverá. Es como cuando tú vas a jugar con tus amigos y Boo se queda esperándote en casa. Ahora es él quién fue con su amigos, y tú quién espera. Pero tú siempre vuelves con él, porque le quieres, de modo que Boo también lo hará, porque él también te quiere... -Pero pese al tono tranquilizador y las caricias amorosas, el pequeño se aferró aún más a su pecho, llorando desconsolado.

-Ven aquí, pequeñito. Ayudarás a mamá, está bien?- En brazos de la buena mujer, Armando llegó hasta la cocina de la casa. Lloró un poco más, mientras su madre cantaba una tranquilizante melodía, yendo de aquí para allá, sacando distintos ingredientes de las alacenas, que colocaba sobre la mesa. Al sacar varias cosas, se dió la vuelta, agachándose para ver a su hijo -¿Ayudarás a mamá a preparar una deliciosa torta? Asi tú, papá, mamá y Boo cuando vuelva podremos disfrutarla todos.-

-Pero de chocolate y manjar... y le dejamos un trozo en la puerta a Boo, tal vez así huela el pastel y venga pronto conmigo. No quiero quedarme solito...- Enternecida,la mujer sonrió y peinó el cabello de su hijo.
-Es una promesa, hijo, ahora date media vuelta y ve a lavarte las manos para comenzar a amasar... -El pequeño asintió, sonriendo y fue al baño a lavar sus manitas rápidamente. Quizás demasiado rápido.
-¡Armando, no corras dentro de casa, que te puedes lastimar!

Luego de lavarse las manos concienzudamente, el niño regresó a la cocina, donde su madre ya había preparado las cosas, incluido un pequeño banquito para que Armando subiera, pudiera alcanzar la mesa y amasara los ingredientes que su madre iba añadiendo. Mientras tanto, ella engrasaba el molde en el cual se vertiría la mesa y se llevaría al horno

-Mamá, ¿puedo comer chocolate? se ve tan rico cuando lo derrites
-Cuando terminemos de bañar la torta, te dejaré comer lo que quede en el molde, ¿te parece bien? -La deslumbrante sonrisa del niño fue toda la respuesta que necesitaban, seguida de sus risas al sentir parte de la masa en su nariz, que su madre había puesto con su índice derecho-. Te ves muy guapo con esa nariz manchada, cariño -Dijo al tiempo que encendía el horno y configuraba la temperatura deseada en el termostato.

Río, abrazando las piernas de su madre. Vaciaron la masa en el molde y la cubrieron con la cobertura de chocolate, la cual su madre llevó al horno, ya precalentado, situando el tiempo para la cocción. Luego le dió algo de chocolate al pequeño. -Ahora, a esperar.... ¿Quieres sentarte en el portón y tomar algo de leche? - -¡Sí, mamá!- Tras coger el vaso, corriendo, por sobre la repetida advertencia, se sentó de nuevo, dándole un sorbo a su vaso. No pudo evitar pensar en Bloo, pero ahora se sentía algo mejor

Habían preparado el postre preferido de Boo, era imposible que no volviera a comer su trozo. Cada vez que horneaba con mamá, la mascota se enredaba entre sus piernas y ronroneaba, como recordándoles que él también estaba allí y que quería comer. Entonces cuando estaba todo listo, Carmen sacaba un trozo y lo ponía en su plato junto con su leche y daba lo mismo a su hijo, que se sentaba en el suelo a comer con él.

Tras pasar un buen rato allí, sin siquiera saber cuándo había terminado su leche, oyó la voz de su madre llamándolo. Regresó adentro para encontrarla en la cocina sacando el humeante y dorado pastel, colocandole una cubierta de plástico para dejarlo enfriando. -Cuando papá regrese- dijo - todos disfrutaremos este pastel juntos, ¿bien, Armando? - El niño asintió y sonrió, subiendo a su habitación

El día no tardo en dar paso a la noche, Armando ya no tenía permiso de estar en la puerta pasadas las seis treinta, de modo que se encontraba viendo caricaturas. Miraba el reloj nerviosamente cada cinco minutos, esperando que llegaran las siete y su padre volviera a casa, apenas aguantando las ganas de comer una buena tajada de torta.

Sintió la puerta abrirse, apagando el televisor, salió, junto con su madre, a recibirlo con un fuerte abrazo en las piernas. La cena ya estaba servida en la mesa, y luego de lavarse las manos, los tres se sentaron a disfrutarla

Un solitario plato plástico azul cielo con un poco de pastel de chocolate y manjar esperaba en la puerta a su dueño, que se acerco maullando. Enterrando sus largos bigotes en él, comenzó a comer, ansioso, el hambre reflejada en cada uno de sus mordiscos.

El chico, al oir el maullido, bajo de la mesa y se acercó al minino, que además de hambriento, estaba sucio, pero no presentaba ninguna señal de estar herido o enfermo... Su padre se agachó a su lado -¿Ves, hijo? Finalmente volvió y todo está bien- mientras su madre, detrás de él, sonreía. Armando acarició a Boo mientras comía, sonriendo

El minino pareció sonreír, feliz de estar de vuelta en casa y ronroneó, sólo como hacía cuando estaba con su pequeño niño.
Aquella noche, Armando durmió feliz, con Boo a su lado, después de haber recibido una pequeña limpieza
    Y sería así por siempre...


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Claudia y Christian

martes, 6 de abril de 2010

Soy yo, otra vez



Ujum, sí...

¿Cuánto tiempo ha pasado? No sé, no revisé la última entrada, pero he tenido la idea de actualizar hace un par de semanas. Y hoy me urge. ¿Cuánto durará? Lograré algun día hacer algo que tenga fundamentos y continuidad? ¿Qué ha pasado en estos últimos meses?

Pues mi última entrada ocupó cuando... bueno, mi vida era diferente. Ahora muchas cosas han cambiado... Me encuentro... bah, es igual, una historia para otro día... O luego, tsl vez

Nuevos comienzos, es lo que tengo. Muchas cosas nuevas, pensamientos, ideas, proyectos.. Muchas personas se van, otras regresan, y otras se quedan...

"Muy bien, ¿qué tienes para mí esta vez?"

Con estas palabras, el 11avo Doctor (Matt Smith) entra en su nueva y flamante TARDIS, e inicia el recorrido de su vida, preparándose para descubrir lo que le depara el futuro. Esta mañana, tras cuatro intentos infructuosos, por fin pude descargarme el primer episodio de la nueva temporadada: "La onceava hora" Mucho mejor que "El fin del tiempo", aunque aun me falte ver la segunda parte de este...

En fin... realmente no tengo ni orden ni concierto en este momento, solamente tenía ganas de poner algo, y ahora lo he puesto... Hay muchas cosas de qué hablar, por supuesto... irán viniendo, si es que no caigo nuevamente en la trampa de olvidar este espacio, como olvido casi todo...

Los dejaré con un tráiler de la quinta serie de Doctor Who, mientras se me ocurre algo.

Au revoir

Christian