
Llevaba ya dos días sentado en la puerta de su casa. Dos días sin despegar la vista de la calle excepto para dormir, y es que la ausencia del pequeño Boo hacía estragos en su vida, ¿Cómo podría volver a reír sin sus patitas persiguiendo la lana que quitaba a mamá mientras tejía?, ¿cómo podría acurrucarse sin el calor del gatito acomodado en tu costado? La verdad es que se sentía profundamente solo sin él.
Recordaba en esos momentos cómo había llegado el pequeño gato hacia cerca de un año. Unos buenos ancianos, dueños de bastantes mascotas, tenían una gatita que había quedado preñada, y ellos no podían cuidar a la nueva camada, por lo que andaban buscandoles un hogar. Como eran conocidos de su madre, tras debatirlo (muy brevemente) sus padres habían aceptado, y en ese momento había nacido un nuevo integrante en la familia.
Aquél año estaba repleto de hermosos recuerdos. Cada día, al llegar de la escuela, Boo le esperaba en la puerta para jugar. Entonces Armando, si aún no era hora de su caricatura favorita, cogía un trozo de lana y lo movía rápidamente frente al felino, que intentaba cazarlo con sus aún pequeñas garritas o simplemente optaba por molestarlo con las manos, hasta que daban las 6 pm, hora en que ambos se acomodaban en el mullido sofá beige de la sala y veían la televisión. El niño acariciándo al animal, el animal ronroneando.
Hace un par de días, el niño había llegado de la escuela y no había encontrado al pequeño gatito por ninguna parte. Junto con su madre, y luego su padre, buscaron por todas partes, pero no lo habían encontrado. Corriendo a su cama, había roto en lágrimas, siendo consolado por mamá, tras lo cual se había sentado en la escalera del frente de su casa, apenas comido en aquel tiempo y dormido. Ahora estaba nuevamente allí sentado, viendo a todo tipo de gente pasar por la calle, solos, acompañados, con prisa, lentamente, distraídos, en bicicletas, en ruidosos carros, con sus mascotas... La calle, y la ciudad, era un lugar muy grande.... ¿Dónde estaría Boo?
El pequeño gato nunca había estado solo, ¿y si un auto lo había arrollado? Nuevamente un río de lágrimas corría por las mejillas del infante, y nuevamente su madre salió a sentarse a su lado, preocupada del estado de su niño. Lo abrazó con fuerza, acarició su espalda y revolvió su cabello.
-Amor, no te pongas así, ya verás que pronto volverá. Es como cuando tú vas a jugar con tus amigos y Boo se queda esperándote en casa. Ahora es él quién fue con su amigos, y tú quién espera. Pero tú siempre vuelves con él, porque le quieres, de modo que Boo también lo hará, porque él también te quiere... -Pero pese al tono tranquilizador y las caricias amorosas, el pequeño se aferró aún más a su pecho, llorando desconsolado.
-Ven aquí, pequeñito. Ayudarás a mamá, está bien?- En brazos de la buena mujer, Armando llegó hasta la cocina de la casa. Lloró un poco más, mientras su madre cantaba una tranquilizante melodía, yendo de aquí para allá, sacando distintos ingredientes de las alacenas, que colocaba sobre la mesa. Al sacar varias cosas, se dió la vuelta, agachándose para ver a su hijo -¿Ayudarás a mamá a preparar una deliciosa torta? Asi tú, papá, mamá y Boo cuando vuelva podremos disfrutarla todos.-
-Pero de chocolate y manjar... y le dejamos un trozo en la puerta a Boo, tal vez así huela el pastel y venga pronto conmigo. No quiero quedarme solito...- Enternecida,la mujer sonrió y peinó el cabello de su hijo.
-Es una promesa, hijo, ahora date media vuelta y ve a lavarte las manos para comenzar a amasar... -El pequeño asintió, sonriendo y fue al baño a lavar sus manitas rápidamente. Quizás demasiado rápido.
-¡Armando, no corras dentro de casa, que te puedes lastimar!
Luego de lavarse las manos concienzudamente, el niño regresó a la cocina, donde su madre ya había preparado las cosas, incluido un pequeño banquito para que Armando subiera, pudiera alcanzar la mesa y amasara los ingredientes que su madre iba añadiendo. Mientras tanto, ella engrasaba el molde en el cual se vertiría la mesa y se llevaría al horno
-Mamá, ¿puedo comer chocolate? se ve tan rico cuando lo derrites
-Cuando terminemos de bañar la torta, te dejaré comer lo que quede en el molde, ¿te parece bien? -La deslumbrante sonrisa del niño fue toda la respuesta que necesitaban, seguida de sus risas al sentir parte de la masa en su nariz, que su madre había puesto con su índice derecho-. Te ves muy guapo con esa nariz manchada, cariño -Dijo al tiempo que encendía el horno y configuraba la temperatura deseada en el termostato.
Río, abrazando las piernas de su madre. Vaciaron la masa en el molde y la cubrieron con la cobertura de chocolate, la cual su madre llevó al horno, ya precalentado, situando el tiempo para la cocción. Luego le dió algo de chocolate al pequeño. -Ahora, a esperar.... ¿Quieres sentarte en el portón y tomar algo de leche? - -¡Sí, mamá!- Tras coger el vaso, corriendo, por sobre la repetida advertencia, se sentó de nuevo, dándole un sorbo a su vaso. No pudo evitar pensar en Bloo, pero ahora se sentía algo mejor
Habían preparado el postre preferido de Boo, era imposible que no volviera a comer su trozo. Cada vez que horneaba con mamá, la mascota se enredaba entre sus piernas y ronroneaba, como recordándoles que él también estaba allí y que quería comer. Entonces cuando estaba todo listo, Carmen sacaba un trozo y lo ponía en su plato junto con su leche y daba lo mismo a su hijo, que se sentaba en el suelo a comer con él.
Tras pasar un buen rato allí, sin siquiera saber cuándo había terminado su leche, oyó la voz de su madre llamándolo. Regresó adentro para encontrarla en la cocina sacando el humeante y dorado pastel, colocandole una cubierta de plástico para dejarlo enfriando. -Cuando papá regrese- dijo - todos disfrutaremos este pastel juntos, ¿bien, Armando? - El niño asintió y sonrió, subiendo a su habitación
El día no tardo en dar paso a la noche, Armando ya no tenía permiso de estar en la puerta pasadas las seis treinta, de modo que se encontraba viendo caricaturas. Miraba el reloj nerviosamente cada cinco minutos, esperando que llegaran las siete y su padre volviera a casa, apenas aguantando las ganas de comer una buena tajada de torta.
Sintió la puerta abrirse, apagando el televisor, salió, junto con su madre, a recibirlo con un fuerte abrazo en las piernas. La cena ya estaba servida en la mesa, y luego de lavarse las manos, los tres se sentaron a disfrutarla
Un solitario plato plástico azul cielo con un poco de pastel de chocolate y manjar esperaba en la puerta a su dueño, que se acerco maullando. Enterrando sus largos bigotes en él, comenzó a comer, ansioso, el hambre reflejada en cada uno de sus mordiscos.
El chico, al oir el maullido, bajo de la mesa y se acercó al minino, que además de hambriento, estaba sucio, pero no presentaba ninguna señal de estar herido o enfermo... Su padre se agachó a su lado -¿Ves, hijo? Finalmente volvió y todo está bien- mientras su madre, detrás de él, sonreía. Armando acarició a Boo mientras comía, sonriendo
El minino pareció sonreír, feliz de estar de vuelta en casa y ronroneó, sólo como hacía cuando estaba con su pequeño niño.
Aquella noche, Armando durmió feliz, con Boo a su lado, después de haber recibido una pequeña limpieza
Y sería así por siempre...
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Claudia y Christian
martes, 20 de abril de 2010
Una pequeña historia de esperanza
Publicado por Christian Osorio en 21:44
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